Allá en lo alto, donde cunde el sol y se arremete el viento contra la piedra, la rica-rica atropella el desierto. El hombre muerto resucita espejismos, abatidos uno a uno, en cada paso.

Allí donde la geografía se mantiene inmanente al origen de los tiempos, se desprende una elocuente cronología que imanta la curiosidad del expedicionario; será tal vez por el desasosiego de las formas sobre la impoluta puna o quizás por el devenir repentino de la opulencia abandonada. A 4000 metros las Minas Incahuasi reviven el comienzo de la historia de la actividad minera en Catamarca.

No hace menos de 600 años los lickan-antay construyeron los caminos por los que les fue posible acceder a la puna meridional argentina y luego asentarse en el extremo suroeste del Salar del Hombre Muerto. A raíz de su llegada al norte argentino se inicia una alta cultura indígena que desarrolla la agricultura, la alfarería y la minería.

 Los Incas extendidos desde el Cuzco tras descubrir la prospera existencia mineral en las altiplanicies catamarqueñas para el 1500 convierten a esta mina en la más rica del Tawantinsuyu. En 1536 llegan al norte argentino los primeros conquistadores españoles y la mina es finalmente anexada en 1556 al dominio español; los sacerdotes jesuitas continuaron dirigiendo las labores mineras; de este período se pudieron observar algunas galerías subterráneas, que alcanzaron la profundidad máxima de 50 m, donde el nivel freático causaba un escollo insuperable para los mineros. Sin ir mas lejos en Abril de 2007 fue hallada una Cruz de oro y plata realizada en una muy particular aleación forjada mediante la técnica de martillado en caliente hasta darle la forma base y posteriormente un fino trabajo de grabado que conforma la ornamentación, una muestra de la finísima labor jesuita.

En 1777 tras ser expulsados por el Rey de España, las minas quedan totalmente abandonadas y no será hasta 1936 que una nueva Compañia Minera reinicia la explotación por debajo del nivel freático con un desarrollo de galería sobre vetas, en distintos niveles separados 30 metros entre sí hasta una profundidad aproximada de 200 metros.

La explotación fue abandonada en 1954 y desde entonces estos cinco niveles inferiores que totalizan unos 4110 metros de galerías se hallan inundados.

Mientras que en el trayecto por la RP 43 los paisajes desolados y multicolores asombran, la imponente arquitectura jesuítica y la riqueza mineral asegurada en 70 años de aprovechamiento, promete por un lado un área a desarrollar del turismo minero y por otro el surgimiento de una futura explotación a cargo de empresas multinacionales.

Será hasta entonces, que las Minas Incahuasi continúen acorralando en el tiempo un arsenal de fortuna no solo material.

 



 

 


Texto: Gustavo Plaza

 

Fotos: Rodoluca

 

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