En “La ciudad no tiene quien le escriba (ni quién le cante)”, artículo publicado en 1998 por Alberto Tasso (*) , el académico, plástico y escritor escrutó la identidad cultural santiagueña más allá de lo típico, lo ritual y lo festivo, librando espacio a la reflexión y al dato singular o anecdótico.
(*) Las notas insertadas bajo asterisco en el artículo de Tasso van por cuenta de quién suscribe este ensayo, devenido en libro.

«...El análisis de los productos culturales es muy revelador del tipo de sociedad que los produce y los consume. ¿Qué diría de la sociedad santiagueña si nos detuviéramos en un momento a analizar su producto cultural principal, que es su música? Creo que ni puede dudarse de esa primacía: no sólo la resalta el discurso sino también la práctica social. El santiagueño se asume como músico y como cantor, por encima de cualquier otro rasgo, y como tal es reconocido más allá de los límites de su provincia. Nos faltarían páginas para consignar la permanente alusión del discurso contenido en la música a esta identidad, que desde luego incluye la danza: se afirma que “Santiago es musical”, que los santiagueños son “como el coyuyo cantor, nacido desde la tierra”, que “a la chacarera y la zamba, que bien las bailan”, (*) y finalmente que “cuando se prenden al bombo no lo sueltan más”».
“Parece claro que, al menos en lo que se escribe en las últimas décadas, la cultura santiagueña no sólo se prende al bombo sino también a las imágenes de sí misma que considera características. No le basta ser musical, sino que necesita afirmar esa identidad en una permanente auto-referencia, y asegurándose que no querría soltarla más”.
“Esa identidad que se nos muestra desde la música y el verso contemporáneo es, inequívocamente, la del mundo real. El hábitat es el rancho, al que eventualmente se le ha agregado “un alero especial para cantar, para bailar”; el escenario es el monte poblado de algarrobos, itines, mistoles y una que otra “florcita i’chaguar donde no hay leña para el fuego como el quebracho” (**), pero también por el mitológico Kakuy o la terrorífica “almamula”. La fiesta es el rito colectivo por excelencia, ya sea la orgiástica salamanca (***) o el recurrente carnaval; ocasionalmente el “velorio de un angelito” (****) o el homenaje al santo donde se cantarán las alabanzas prometidas. La fiesta es el entorno del amor (del hombre hacia la mujer, nunca a la inversa, ya que es aquel quien escribe) y el lugar donde se bebe aloja, naturalmente, y ocasionalmente se toma “un traguito i´ vino” hasta alcanzar el éxtasis de la macha. Ella permite torear la muerte “pa´ que se muera de envidia”, y posiblemente olvidar las tristezas y llantos que reinan allí donde mora la finadita: en el camposanto. Las historias trágicas se subliman en el culto a la inocencia de la locura, en la emblemática Telésfora Castillo.

(*) Ni duda, a partir de la amplia demostración de superioridad en aquel triunfo de la representación santiagueña al Concurso Nacional de Folklore, con motivo del sesquicentenario de la Revolución de Mayo. La competencia interprovincial fue ganada por la academia “El Rancho”, de Bailón Peralta Luna (1959, teatro Rivera Indarte, Córdoba). La holgada primacía santiagueña fue ratificada obteniendo, para la Argentina, el primer lugar entre las naciones asistentes al Congreso Panamericano de Folklore (1960, Luna Park), en plena invasión folklórica noroesteña a Buenos Aires, cuya avanzada debe reconocérsele a conjuntos y solistas salteños. A colación el productivo oportunismo cordobés daría lugar al festival de Cosquin. Y de que bien las siguen bailando es prueba menuda en la actualidad uno de los postreros alumnos del talentoso Carlos Saavedra, el “indiecito” Coquito Lastra, y tantos otros noveles danzarines que no le van en zaga.

(**) Para los conocedores , quebracho blanco; el colorado es chispeador...
(***) Suele memorar el locutor y comunicador social Marcelo Simón (hombre del folklore y de la radio, “Voces de la patria grande”) la anécdota de una importante visita a la mítica Salavina -ciudad mocionada “cuna de la chacarera”- rica y principal hasta mediados del siglo XIX, que contaba con cuatro pianos cuando en Santiago había uno... y desvencijado. A la casa de Julián Diaz habían llegado don Atahualpa Yupanqui y don Santiago Ayala. En el patio bien regado de la casa del “Cachilo” se congregó casi todo el pueblo para reverenciar la maestría de los visitantes. De un estar don Atahualpa se largó con un malambo de su creación y el “Chúcaro” empezó a desplegar su atlética coreografía, encarando la danza como un rito iniciático. Mientras “don Atha” rasgueaba la guitarra a cuatro manos y Ayala se desmembraba en aladas contorsiones, zapateos y mudanzas felinas, de a poco los paisanos fueron reculando y retirándose, hasta que quedaron solos los forasteros y el “Cachilo” Díaz. Con su habitual tartamudez, el Chúcaro inquirió al dueño de casa: - Ca -ca -chilo, po-por-qué se va la -la gente”. Y el Cachilo le respondió, sin inmutarse: - “Porque ellos creen que Uds. están invocando a la Salamanca”

(****) Bebés o niños de corta edad, que fallecen campo-monte adentro por causas naturales o por otras más desconsoladoras: infecciones, intoxicaciones, picaduras de alimañas, desnutrición, etc. En estos velorios no se llora en razón de que las lágrimas de los deudos mojarían las alitas del angelito, impidiéndole ascender al Edén donde gozará de una vida mejor. Las rezadoras -disciplina confesional en decadencia- se encargan de encomendarlo al Eterno, de entonar alguna alabanza y los versos de la canción del Angelito. Los convocados al singular velorio, incluyendo a los padres de la criatura que yace depositada sobre una mesa adornada con flores y velas encendidas que semejan una capilla ardiente, danzan durante toda la noche. De ésta forma los creyentes se aseguran que El Angelito será bien acogido en el Cielo.

«El oficio característico de este mundo rural es el del campesino, “los hijos de la tierra más linda, hijos de Santiago”, permanentemente celebrando el agua: “tierra mojada cuando pasa el aguacero” (*) o cuando desde la acequia “moja la tierra reseca”. No obstante, no se pone demasiado énfasis en el trabajo del hombre que, como ya hemos dicho, es presentado como cantor, a veces como “garganta i´ fierro”, como bombisto, guitarrero o violinero. Se prefiere siempre a la mujer, la “huarmisita del campo”, que además de perder a los hombres con su mirada, sus trenzas negras o su danza, siempre está trabajando: aguatera, algarrobera o campesina de Otumpa».
«Cuando la ciudad se introduce en este repertorio lo hace bajo la forma de la postal, nostálgica en el caso de la vecina Banda “romántica y hermosa”, cuyos patios perfumados y callecitas de tierras regadas por la tarde son puestos en función de una infancia irremisiblemente pasada. Aquella donde se podía “culatiar ” en un coche de plaza (**), rumbo a Huaico Hondo, por diez centavos. La otra imagen urbana es la del domingo santiagueño en el parque Aguirre, con sus parrillas humeando. Y la única esquina de Santiago que se recuerda es la que da al campo» (***).
(*) La alabanza musical al fenómeno meteorológico de instantáneo efecto medioambiental (picante olor a gas ozono), resultante del evento climático pasajero y circunscripto definido como aguacero, chubasco o chaparrón, ¿en guaraní se denomina chamamé?
(**) Cochero famoso en La Banda, el “Fiero” Bravo. Diz que una vuelta, de tardecita, iba llevando una pareja melosa para el barrio Los Naranjos, y parece que en el trayecto el mozo intentó avanzar a la moza por mal lao, y la pasajera se quejó a viva voz : “Por ahi no, por ahi no”. La casi imprecación llegó a oidos del Fiero, que ladeando un poco la cabeza masculló fuerte por el costado del cigarro, como para que lo oigan atrás : “Ahah, a mi me van a venir a enseñar el camino estos...”
(***) Intersección de las calles Jujuy y La Plata: “Esquina al campo / como mistoles / eran las coplas armadas allí / maduraban en verano / con un ciego al arpa / y otro al violín” (1). Otro ambiente famoso en Santiago fue “El rincón de los artistas” (Bar Casino, calle Tucumán, frente al hotel Savoy), fundado en 1949 por Don Pedro Evaristo Díaz, que a sus dotes creativas sumaba las culinarias. Por allí pasaron Hugo Díaz, Astor Piazzola y Mercedes Sosa, entre otros notables. Las “funciones” empezaban a las cuatro de la tarde y duraban hasta las siete... de la mañana del día siguiente. Entre las obras más conocidas del insigne P.E. Díaz -fallecido en abril de 1999- figuran “La siete de abril”, “La chacarera del atardecer” y “Debajo del puente negro”. Jorge Rosemberg apunta, por boca del Zoco de la buri buri, que los fondos del “Rincón...” daban a los calabozos de la Jefatura de Policía, y por tanto los detenidos tenían el privilegio de disfrutar las composiciones... y de sufrir el aroma de las empanadas y los vahos entremezclados de blanco y tinto. (1) La ciudad de FERNANDEZ, a principios del S XX apenas un ajetreado poblado salpimentado con sangre gringa, también tuvo su “Esquina al Campo”: Avda. Belgrano y Jesús Fernández (E), frente a la Estación de Ferrocarril. Refiere “Grillito Monti” que su abuelo, el “Ciego Monti” (apodo de José Montenegro) al arpa, con otro “ciego” de apellido Umbidez al violín, ambos dos secundados por “Casimiro” Artaza y su hermano (“violinistos” y bandoneonistas), eran los principales intérpretes folklóricos de la época... “Monti” (luthier, arpero, violinista y guitarrero) y acompañantes, amenizaron fiestas, bailes y todo tipo reuniones sociales entre los años 1910 / 30. El “Ciego” sería autor de varias composiciones no registradas: “El 180”, “La Chimpa Machu” (atribuída a José Sarco), “La queñalita” y “La vieja” (que se la habría adjudicado Oscar Valles). Varias de sus creaciones han sido recopiladas por don Andrés Chazarreta, que solía sombrear bajo el algarrobo todavía existente en la esquina S/O de las calles Almirante Brown y Rivadavia de la hoy “Capital del Agro Santiagueño”.

«En este mundo idílico, el único dolor que aparece es el de abandonar el pago, negando así también las causas de la emigración. Postal tras postal, reconstruyendo artificiosamente un mundo perdido, que según todas las evidencias nunca existió, excepto en el lírico País de la Selva de Ricardo Rojas, y en la descripción que la clase alta (mientras la hubo) hizo de Santiago (*), transformando la emigración forzosa en partida nostálgica y ocultando las vinchucas, la explotación y el hambre, tras las prestidigitaciones del Tanicu, capaz de dar o quitar el alimento».
«Mucho dolor tiene que estar necesitando olvidar el santiagueño para ocultarlo siempre tras la estampa de una fiesta mítica en contacto con los dioses que, también ellos, todavía juegan al carnaval en un monte que ya no existe. Entretanto, el negado malestar rural condujo a los santiagueños a las ciudades, poniéndolos en manos de las nuevas mafias urbanas, en barrios degradados donde, a pesar de todo, la obtención de una vivienda merece eterno agradecimiento».Sin Taky Ongoy (**), sin Marcha de la bronca (***), sin la soberbia protestona y agresiva del tango (****), la música santiagueña del último medio siglo silenció la vidala, la última queja que le quedaba, y la burla pícara de la copla. A cambio, nos condujo al templo de Santo Domingo: allí estaremos seguros bajo la Sábana Santa (*****)».
(*) Tal vez la “Civilización Chaco-Santiagueña” no haya existido en los voluntariosos términos en que fue planteada por la élite intelectual-investigadora de principios del S XX, pero que Santiago es Musical desde su origen indiano son prueba las “quenas” o flautitas hechas con hueso, datadas varios siglos antes del arribo de los asiáticos preincaicos a latitudes “americanas”.
(**) Hace alusión Tasso al movimiento cultural de resistencia indígena de Ayacucho (Perú), que hizo peligrar el dominio hispano en la región. La “evangelización” se logró entonces a sangre y fuego, y el ejercicio de la Fe importada con la construcción masiva de edificios del culto católico, a partir de 1540 con la iglesia de San Cristóbal: 37 edificaciones entre templos, hermitas, capillas e iglesias. Ante unos 25.000 turistas que llegan a la región anualmente, los domeñados peruanos de hoy celebran la Semana Santa más prolongada del mundo católico. Aquellos inmolados habitantes originarios del “Pirú” no aceptaron la catequización (ni se transformaron en “ladinos”, como pretenden algunos historiadores católicos) y opusieron una resistencia tenaz a los conquistadores Su rebeldía movió a los invasores a aniquilarlos primero y a construir luego un vasto “Centro de Evangelización” sobre las ruinas de su cultura. La religión con sangre entra....
(***) De Miguel Cantero y J. Durietz, a quienes compañeros de la “tendencia” les encargaron una “marcha” alusiva al regreso de Perón, que finalmente no fue compuesta tras la defraudadora plaza de los amonestados “imberbes”. En quienes superamos más o menos indemnes los setenta, y nos consideramos descolgados sobrevivientes de una generación cuyos ideales (Soberanía, Justicia, Igualdad de Oportunidades) se hicieron añicos en el pragmático, economicista y salvaje fin del segundo Milenio, la “Marcha de la bronca” prevaleció sobre el ramillete de banalidades del Club del Clan, el rock “pesado”, el desinhibidor cuartetazo y el folklorismo comercial.
(****) Composiciones españolas reacompasadas y recoriografiadas por caribeños, denominadas “Habaneras”, remoduladas al bamboleo de lentos barcos cargueros arribados al puerto y los adyacentes prostíbulos de Buenos Aires, se impregnarían de guitarra criolla, bandoneón canyengue y arrabal cosmopolita. A partir de ese basamento pluricultural es aceptado que el género musical “tango” es creación de rioplatenses descendientes de los barcos. Por los tanos el solemne bandoneón alemán (creado para reemplazar al imponente órgano en iglesias pequeñas que no podían costearlo) se hizo rezongón (Astor Piazzola, que veinte años arregló para Pichuco, lo estiraría sinfónico). Los litoraleños lo achamamezaron festivo y los santiagueños lo adoptaron musiquero, incorporándolo a la “orquesta” lugareña. Julio Rodríguez Ledesma, investigador, escritor, guitarrero, compositor, cantor y animador santiagueño, en 1985 obtuvo el “Gardel de Oro” por su programa radial “El alma de Buenos Aires” (Radio Excelsior), cuya cortina musical era el tango “Carne de Cabarét” interpretado por “Los mandolineros santiagueños” (el Mandolín es un instrumento de origen italiano, muy usado por los antiguos “barberos”). Compitió nada menos que con Héctor Larrea (“Rapidísimo”) y Antonio Carrizo (“La vida y el canto” ), ambos en Rivadavia. Conocido en sus inicios como El Gaucho Fogata, Rodríguez apunta que “Don Amancio Alcorta dejó Santiago en 1830, para instalarse en Buenos Aires con su grupo familiar y sus africanos esclavizados, fundando un cenáculo musical y poético. Su cocinera, la negra Casimira, daría a luz al que más tarde sería el famoso “negro Casimiro”, a decir de muchos creador de los primeros tangos rioplatenses, entre 1870 y 1890. Y desde Buenos Aires, en 1879, Benigno Baldomero Lugones iniciaría el “Camino de los Santiagueños y el Tango”. Después del consagrado moreno santiagueño Argentino Ledesma, y pasando por varios notables intérpretes, uno de los cantores santiagueños de tangos más popular en la actualidad es “Rodolfo Miró”, hijo de una criolla santiagueña y de un “turco” bonaerense aquerenciado, Mariano Chajú.
(*****) La “Sabana Santa” que se exhibe en el templo de Santo Domingo (Santiago Capital), es genuina copia de la probadamente trucha (carbono 14 dixit) que se atesora en Turín (Italia).



Estracto del Libro Santiago es Musical

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Etiquetas: Estero, Santiago, del

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